Querido Mario: Quiero escribirte esta carta porque conocerte no ha sido algo superficial, liviano, sin importancia. Muy al contrario, sin desmerecer nada ninguno de los momentos y personas que rodearon nuestro encuentro, encontrarme contigo es lo mejor que me ocurrió ayer. Y esto te lo digo después de una noche agitada precisamente por el instante que duró tu mirada suplicante fija en mis ojos. Me inquietaste, me has robado el sueño, pero te estoy inmensamente agradecida. Frecuentemente aprendemos mucho más los que, en un acto de vanidad, pretendemos enseñar algo a alguien que pensábamos que necesitaba nuestras palabras. Y no digo que no las necesitaras, digo que quizá yo necesitara más que tú, tu reto y tu mirada. Me retaste con tu "¡Véndeme la Iglesia!" y respondí con mi habitual torpeza, hablándote de cosas que quizá no estabas listo para escuchar. Pero hubo un momento, en el que se borró todo lo de alrededor, y nos quedamos solos tú y yo, y tus ojos fijos en los míos. En ...