El mordisco

Cuando mi hijo Gabriel era muy bebé era para comérselo. Bueno, los tres eran de mordisco, pero es que con Gabriel tengo una anécdota un poco bruta pero muy oportuna para lo que quiero contar. Yo conducía, y él iba a mí lado en su sillita del coche. Me observaba y me hacía ojitos y yo le respondía con carantoñas de madre eclipsada por el cariño incondicional del hijo. Entre tantos cariños, Gabriel alargó su manita como para cogerme y yo le respondí con un beso. Debió de gustarle e insistió, una y otra vez hasta que yo de puro regocijo le quise dar un mordisquito en su puñito para hacerle reír, con tan mala suerte que estiró el dedo, yo no lo vi, y le arreé un bocado que le hizo llorar inconsolable. Pobre hijo. Me he acordado de esta anécdota al leer el libro "Tú pecador. El arte de la confesión frecuente" de José Fernando Rey Ballesteros, que recomiendo mucho. En él viene a decir que cuando un miembro de la Iglesia comulga el Cuerpo de Cristo no le muerde a Jesús arrancando u...