El premio
Cuando sólo tenía un hijo, pensaba que ponerle el chupete para que se calmase era de mala madre. Así que a Miguel no se lo di. ¿Y qué ocurrió? Pues que para calmarse empezó a chuparse el dedo, se deformó brutalmente el paladar y cuando quisimos que dejara el hábito no fuimos capaces. Hubo que ponerle una aparatosa ortodoncia y sufrió muchísimo. En una ocasión Alejandro le propuso un trato: si dejaba de chuparse el dedo le regalaríamos una pecera con un pececito. El primer día lo intentó pero acabó sucumbiendo a la tentación. Pero Alejandro ya lo consideró un gran logro y se presentó en casa con una pecera redondita y un pececillo surcando los mares de su pequeño mundo. Miguel no volvió a acordarse de que había hecho un trato, siguió chupándose el dedo y el pececillo pereció de tanto cambiarle el agua y limpiar la pecera con jabón. Esto de dar los premios por adelantado es muy de mi marido y también de Dios. Estoy últimamente hablando de María a unos amigos nuevecillos...