En mi vida hay dos maneras de vivir la fe. Una creo que no sirve para nada y la otra creo que sirve para todo. La que no sirve es mi primera forma de vivir la fe: creo que Dios existe, Jesús es Dios y mi vida sigue. Así he vivido la gran parte de mi vida. Simplemente la vida es una sucesión de historias encadenadas sin ninguna trascendencia. Importan porque me afectan y me van llevando a algún sitio indefinido. Me siento bien, encajo en el mundo que me rodea, todo está bien, yo me encargo de mi vida, puedo con mis problemas y tengo suerte, todo va sobre ruedas, pero Dios no aparece en escena, más que de refilón. Hasta hace poco creía que esa forma de vivir era suficiente. Pero realmente lo pienso ahora y me pregunto qué sentido tenía, a dónde iba.