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Por qué digo que soy feliz

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El otro día Alejandro y yo dimos un testimonio ante veintitantos chicos de alrededor de 20 años; el testimonio fue bien, pero fueron mejores aún las preguntas que nos hicieron al final. Todas ellas eran profundas y mostraban un gran nivel e inquietud en estos chicos. Cuando das un testimonio nunca estás suficientemente preparado para contestar a preguntas abiertas y en esta ocasión yo me sentí francamente inexperta; sé que, en gran medida, es culpa de ese pecado de vanidad que arrastro desde siempre, pero lo cierto es que en todas me sentí acorralada y me quitaron el sueño de la noche meditando y reflexionando sobre qué hubiera sido mejor contestar.  Una de estas preguntas decía algo así como que yo había dicho que, a pesar de mis sufrimientos, mi vida era feliz y que cómo era capaz de decir que era feliz, qué aspectos concretos me hacían decir esto, cómo se podía saber que la vida es feliz en mis circunstancias. La pregunta se las trae. Me vino de pronto algo que había recordado e...

Ya en el Siglo I...

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No puedo con lo de la muerte digna. Como si morir, asunto más natural imposible, requiriera mejoras; como si fuéramos capaces de crear una versión mejorada de la Creación misma. Nuestra dignidad no podemos dárnosla nosotros mismos, porque no sería tal. La dignidad es inherente al ser humano por el hecho de serlo, porque nos la concede, como un don, quien está por encima de nosotros. Y por eso no hay nada que podamos hacer para aumentar, aunque sí para pisotear, nuestra dignidad. Parece como si fuera más digno morir de una teja en la cabeza, que morir luchando contra el cáncer hasta el último minuto. Y realmente lo que es es menos meritorio. La muerte más meritoria que conozco es la de Cristo, porque es la del más inocente y la que más amor derrama, pero ya lo dice San Pablo, escándalo para los judíos y necedad para los gentiles (cf 1Cor 1,23). Quien no ve a Dios ahí es quien piensa que su dignidad cayó por los suelos, es quien piensa que ya podían haberle quebrado las piernas antes – e...

Mi oración testimonio

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Hoy he dado un breve testimonio en una parroquia y lo he hecho frente a Jesús sacramentado por lo que he necesitado convertirlo en oración.  Algunos han querido que les permitiera tener la oración para poder rezar con ella. Así que he decidido que, aunque es la intimidad de mi corazón con Jesús, la comparto en mi blog.  “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad” ¿te acuerdas Jesús cuando te dije esto desde el fondo de mi corazón? Fue porque me hiciste saber que habías muerto por mí; eso ya lo sabía de antes, pero no de la manera que lo supe a partir de entonces; me interpelaste de tal modo que me cambió la vida. Después de un tiempo permitiste en mi vida una enfermedad durísima, la esclerosis lateral amiotrófica, la ELA, que poco a poco iba a ir quitándome la movilidad de todos los músculos de mi cuerpo, hasta los músculos respiratorios, que me iba a dejar sin la posibilidad de hablar y de tragar y que en pocos años me iba a quitar la vida. ¡Qué mazazo tan grande! Te pedí tiemp...

Todo lo bueno es don

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El cuarto misterio gozoso del Rosario, la presentación de Jesús en el templo, siempre me sumerge en una idea: la Virgen era completamente consciente de que todo lo que tenía era don de Dios, por supuesto su hijo Jesús, pero no solo, también su entrega incondicional y su alegría, la acción diligente de la Visitación a su prima y la mirada atenta en Caná, eran fruto de un don de Dios.  A veces me he preguntado si Ella era consciente de haber sido concebida inmaculada; y no sabría decir, pero en cualquier caso habría sabido que es un don de Dios absolutamente gratuito.  Estaba cumpliendo la Ley al presentar a su hijo en el templo, pero nuevamente no solo; estaba haciendo lo que era de justicia: entregar a Dios lo que es Suyo. Esta idea me traslada siempre al ofertorio de la Misa.  A mí me gustaría no atraer ninguna mirada si no es para mostrar a Cristo. De verdad es así, aunque a veces me haya alegrado haber sido el foco. Incluso entonces, ojalá no lo hubiera sido; sería ver...

Elegir la cruz

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Hay muchos cristianos que viven lo que se ha llamado la resignación cristiana como si fuera algo positivo y deseable. Y ciertamente es un paso adelante en la vida espiritual. Es preferible resignarse que rebelarse.  Pero un cristiano no puede conformarse con esto puesto que ha de conformarse con Cristo. Eso hacemos cuando comulgamos, hacernos uno con Él.  Jesús no se resignó a morir en la cruz, se presentó voluntario y la eligió. Nadie me quita la vida sino que yo la entrego libremente (Jn 10,18) . Y esto es lo que marca la diferencia. Para mí en esto consiste la verdadera conversión, en elegir la cruz. Este es el auténtico escándalo de la cruz -en tiempos de Jesús y ahora-, que eligiendo la cruz el mundo se transforma. Jesús transformó el mundo abriendo una brecha con forma de cruz en la muralla que protegía el Cielo del asalto de los hombres que pretenden ser como dioses. Y nosotros podemos transformar el mundo eligiendo nuestras cruces.  Hay una gran crisis de fe por...

Lo mejor

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Tener ELA es en sí mismo algo muy malo. Es el varapalo más grande que yo me puedo imaginar, aunque no es necesario que eche mano de imaginación. Nunca querría tener ELA. Pero ya la tengo, y avanzada.  Cuando te encuentras con un sufrimiento así es muy difícil encontrarle un sentido, y, casi sin querer, tendemos a echarle la culpa a Dios. Durante bastante tiempo yo misma he considerado mi ELA como un “ regalo ” de Dios, aunque envuelto en papel de periódico. Pero estaba equivocada.  Es muy injusto achacarle a Dios cualquier mal. Dios creó un mundo donde todo era “muy bueno” (cf. Gn 1,31). Fuimos los hombres los que, en un momento dado, preferimos dar crédito a las insinuaciones del demonio antes que a los cuidados amorosos de un Dios-Padre que nos trataba de proteger del sufrimiento (cf. Gn 3,1 ss.). A partir de ese momento el mal ha tomado las riendas de este mundo y es inevitable pasar por el sufrimiento, de una u otra forma. Luego, la culpa de mi ELA no la tiene Dios. La ge...

Líbrame del no callar

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Cuando pienso y siento algo que quiero transmitir, ya en el acto de pronunciarlo con palabras, produzco una transformación del mensaje original, ya sea por mi incapacidad o por la limitación del lenguaje. Pero es que quien escucha mi mensaje tampoco entiende exactamente lo que mis palabras han transmitido. Además, sus prejuicios y sentimientos y el tiempo que el mensaje se acomode en su cabeza, harán una nueva versión de aquello que yo pensé y sentí. Si en algún momento decide compartir con un tercero lo que yo dije, recibirá algo tan distorsionado respecto a la verdad que mejor hubiera hecho en callarse.  Esto pasa y mucho. Las consecuencias suelen ser catastróficas.  Me viene al corazón la escena de Jesús ante el Sanedrín, escuchando todo tipo de versiones transformadas de sus palabras originales. Qué sentimientos habría en su corazón, qué tristeza, pero callaba.  Solemos decir que “el que calla otorga” y, como con otros refranes, me ocurre que me parece que es mentira,...