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Mostrando entradas de noviembre, 2024

Y yo lloraba con Él

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¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz!  Qué tristeza siento por las lágrimas de Jesús ante Jerusalén (cf. Lc 19,41-44). Él llora porque los elegidos por su Padre no le han reconocido y no tendrán paz, la paz verdadera, la que sólo Dios puede dar. Y yo siento tristeza porque 2000 años después seguimos igual. Y no sé qué puedo hacer además de rezar. Conozco personas que no sólo están ciegas a quien les puede dar la paz, sino que se sienten acorralados, sitiados, por las circunstancias, los dolores, sus vidas vacías y sin más sentido que sobrevivir. Sus vidas están destruidas porque les falta Cristo.  Ayer frente a Jesús en la custodia pensé que Él aún lloraba y yo lloraba con Él. 

Una Palabra muy actual

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Hoy voy a contar algo que parece una crítica -hay mucho de crítica, y no me hace mucha gracia-. Pero lo voy a contar porque quiero hablar de dos cosas que me parecen oportunas para este blog.  El Evangelio de hoy es el de la parábola del juez injusto que Jesús cuenta para enseñarnos la importancia de orar sin desfallecer. Lo puedes leer en Lc 18,1-8. Lo primero, la crítica. Cuando dice: "Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres" Yo he saltado como un resorte porque en mi mente ha aparecido la nítida imagen de nuestro presidente. ¡Qué perturbador!  Bueno, aunque la imagen se ha quedado tercamente impresa en mi pensamiento, también al instante he dibujado una sonrisa pensando que la pobre viuda eran mis compañeros de ELA, tenaces como nadie, luchando por sacar adelante la tan esperada Ley ELA.  "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga vinie...

Bendito pecado...

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Hace muchos años tuve una conversación con una amiga que me preguntó por qué tienen que ocurrir cosas tan graves, como mi ELA, para acercarse a Dios y darse cuenta de que Él es lo principal. No guardo recuerdo de lo que le contesté, pero ahora sí sé lo que le diría. Lo que a mí me ha acercado a Dios no ha sido mi enfermedad, sino mi pecado. Diría que mi enfermedad ha sido el catalizador que ha acelerado todo el proceso, pero, realmente, lo que me acercó a Él es el dolor por mis pecados. El dolor por mis pecados, el arrepentimiento, es lo que me ha llevado a buscar la Misericordia de Jesús y a amarle cada día más y a vivir siempre agradecida.    Pero la cuestión es que a mí esto me ha transformado porque creo que existe el pecado y creo que el pecado tiene consecuencias para la vida eterna; es más, tiene consecuencias para la vida presente. A veces, entre dos que se conocen mucho, es cierto que no hace falta pedir perdón con palabras, porque una mirada es suficiente...