Quiero repetir
Ya lo puedo compartir: hemos sido invitados a una audiencia privada del Papa León XIV con enfermos. No es que no pudiera contarlo, es que no quería hacerlo, porque me parecía tan excepcional que no acababa de creérmelo. Sin duda alguna, es un regalo directo de Dios. Ante estas bendiciones que me regala, sólo puedo disfrutar agradecida con la perplejidad de quien sabe que no merece absolutamente nada.
Nos dijeron, en una primera comunicación, que teníamos que preparar un pequeño testimonio para contárselo a Su Santidad. Yo me puse manos a la obra enseguida, pero me costó Dios y ayuda, porque esta máquina infernal, con la que escribo y hablo, me la tiene jurada desde hace un tiempo, y no funciona muy bien. El caso es que lo conseguí terminar y entonces nos llegó otro correo que indicaba que el testimonio debía ser de tres líneas. Con paciencia infinita me puse a recortar de aquí y de allá y conseguí reducirlo a la mitad, pero era todavía largo. Decidí dejarlo tal cual porque aún tenía que pasarlo al comunicador y me gusta hacerlo frase a frase; y como la máquina me obliga a luchar con ella, porque no me quiere nada, tuve que avanzar, dejando de lado mi natural tendencia perfeccionista. Luego preparé un par de frases de apoyo para la conversación con el Santo Padre.
Todavía llegó otro correo para retrasar la hora del acto y darnos instrucciones de protocolo y decirnos que no podíamos hacer fotos ni darle regalos. Nosotros habíamos preparado un libro de nuestro testimonio con una dedicatoria preciosa que escribió Alejandro. Decidimos llevarlo por si acaso.
Llegó el día tan esperado, el sábado 6 de de junio. Nos salió todo perfecto, llegamos con tiempo de sobra. Me gustó mucho ver caras amigas, como Angie, seguidora de este blog. Pero sobre todo me gustó comprobar que no soy la única Apóstol del sufrimiento (ver aquí).
Entramos a la nunciatura, y nos ubicaron en dos filas a la sombra de un árbol. Me tocó en la fila de atrás y Alejandro no se acordó de que mi silla se puede levantar, así que no salgo en ninguna foto -me viene bien para curarme de la vanidad-. El Papa se retrasaba, así que el cardenal José Cobo decidió saludarnos a cada uno de los enfermos, cual telonero de Su Santidad. Estuvo muy cariñoso y divertido, pero aquí empezaron mis problemas.
Desde que entré en la nunciatura, llevaba un sencillo "hola Santidad" con el que pretendía iniciar mi conversación con el Santo Padre. Como me estaba funcionando mal el cacharro éste, no quería que el Papa me encontrase desprevenida y por eso lo tenía preparado para pulsar el botón de hablar; me parecía a un vaquero con la mano en la cartuchera dispuesto a sacar el revólver y matar a alguien. Pero el cardenal se acercaba peligrosamente por mi izquierda. Tuve que borrar el mensaje y sustituirlo por un "hola"; a Alejandro le pareció poco y me añadió "buenas tardes" y me subió el volumen al 100%, por si no se oía. Llegó mi turno y le espeté mi saludo. El pobre casi se cae de espaldas y me dijo que sin duda yo era la enferma con mejor voz.
El Papa por fin salió, y nos dedicó unas palabras de consuelo en nuestras cruces porque Jesús nos acompaña siempre. Luego rezamos con él un padrenuestro y nos bendijo, y empezó su recorrido con cada enfermo. Esta vez se acercaba por mi derecha por lo que no lo veía ya que tengo la cabeza totalmente girada hacia mi izquierda. Además no pude recuperar mi sencillo saludo y tuve que ir al grano de mi testimonio. Elegí un solo texto de los que llevaba preparados. Éste es el texto:
El Señor nos ha dado la gracia de la alegría de abrazar nuestra cruz con amor, ofrecer nuestros dolores y acompañar a Jesús en sus sufrimientos.
Me hubiera gustado decirle este mensaje también:
Y vemos que la manera como vivimos nuestra cruz es fuente de vida a nuestro alrededor. Nos identificamos mucho con lo que dice San Pablo en la segunda carta a los Corintios: la muerte actúa en nosotros y la vida en vosotros.
Pero no pude hacerlo porque el tiempo apremiaba y veíamos que nos estábamos alargando; así que Alejandro eligió de entre mis mensajes el que escribí para despedirme:
Muchas gracias Santidad, por este momento que hemos podido compartir con usted, será algo imborrable en nuestro corazón. Rezamos cada día por Su Santidad.
No recuerdo si nos dijo algo. Lo que sí recuerdo es que mientras estuvo con nosotros tuvo su mano sobre la mía. Es como si Jesús mismo me cogiera la mano. Después Alejandro le dio nuestro libro porque otros lo hicieron antes, aunque nos habían dicho que no se podía. Luego el ayudante nos entregó dos rosarios bendecidos por el Santo Padre y pasó al siguiente enfermo.
Qué sensación tengo de haber desperdiciado una ocasión única, de estar preocupada por mis cosas y no por lo esencial. Soy como Marta y no como María. Por eso quiero repetir. Quiero estar más a él y menos a mí misma.
El otro día vimos una película que me gustó mucho: "una cuestión de tiempo" -si no la habéis visto, os la recomiendo-. Pues yo quiero tener el don del protagonista y poder volver atrás y hacer las cosas como las haría María. (Perdón por el spoiler).

Te entiendo, pero tener su mano sobre la tuya y que te mirara… ya lo es todo. Poco, pero un gran regalo ♥️Hay que cambiar la máquina por si vuelve 😜
ResponderEliminarGracias Art.💐
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