La ELA no es mortal para mí

 Cuando me diagnosticaron la ELA, solía decir que me dieron una sentencia de muerte. Y no era mentira. La ELA mata -vaya que si mata-, pero sólo el cuerpo. Con los años he ido cambiando mi percepción de la enfermedad, he dejado atrás la expresión tan mundana de la sentencia, y me inclino por un nuevo nacimiento o una resurrección en vida. Lo que sin duda ha supuesto para mí es una oportunidad que he sabido aprovechar, por gracia de Dios, para que se produjera el nacimiento, la resurrección.


Soy una persona nueva, renovada por dentro. A medida que mi cuerpo va muriendo mi alma se vivifica. He dicho varias veces que la ELA nos ha salvado a mí y a mi familia; en realidad nos ha salvado Cristo, pero se ha valido de la ELA; de esto no tengo la más mínima duda. Tenemos mucho que agradecer a esta cruel enfermedad. A mí, además, me ha mostrado esa vocación tan particular y tan mía de ser apóstol del sufrimiento, para la que Dios me ha preparado desde siempre -estoy segura-. Esta vocación consiste en mostrar al mundo que es posible abrazar la cruz con amor si se está abrazado a Jesús crucificado, es decir, Jesús Eucaristía. Jesús sigue crucificado porque está atrapado en un trozo de pan. Pero está muy vivo, por eso da vida, incluso en la muerte del cuerpo. Por esto procuro ir a misa todos los días, porque ahí se encuentra la fuente de la verdadera vida; así se puede. Y lo sorprendente es la alegría que Dios te regala cuando Jesús se convierte en tu principal alimento.


Hace unas semanas, rezando con una homilía de S. Pedro Crisólogo (S. V), me topé con estas palabras puestas en boca de Jesús:

"Tal vez, la enormidad de mi Pasión, de la que sois los autores, ¿os causa vergüenza? No tengáis miedo. Esta cruz no fue mortal para mí, sino para la muerte. Estos clavos no me penetran de dolores, sino de un amor más profundo hacia vosotros. Estas heridas no causan mis gemidos, sino que os permiten entrar más hondo en mi corazón".

Me impactaron, la verdad sea dicha. Eso de que la cruz no fue mortal para Jesús, sino para la muerte, me pareció una maravillosa ocurrencia del autor. Pero poco a poco me empezó a parecer la verdad. Efectivamente la cruz aniquiló a la muerte porque desde entonces no tiene poder. Y no fue mortal para Jesús porque la cruz abrió las puertas del cielo para Cristo y todo el que se hace uno con Él.


Pues a mí me pasa igual con mi cruz: no es mortal para mí porque, aunque mate mi cuerpo, me está sirviendo para llegar al cielo, porque me une a Jesús; y en cierto modo está siendo mortal para la enfermedad porque va perdiendo el poder sobre mí. En la ELA no hay clavos, pero sí un par de tubos que penetran mi cuerpo. Estos tubos me recuerdan constantemente lo mucho que me ama Dios y que puedo seguir viviendo y disfrutando de mi familia. Tampoco tengo heridas, aunque las he tenido, pero sí tengo dolores y a veces insoportables. Estos dolores me adentran muy profundo en el corazón de Jesús. Y ahí siento el consuelo de estar abrazada al pecho de Jesús en la cruz. Soy una privilegiada.

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